Miami

Los venezolanos ya no vienen a pasear

Luis Prieto Oliveira
Revista Miami Flyers Magazine

Las relaciones comerciales y turísticas de Venezuela con Florida son relativamente recientes y han dependido, en gran medida, del crecimiento rápido de Miami como una metrópoli cosmopolita y como una atracción para visitantes invernales y veraniegos.

A partir de los años 60 se inicia una transformación urbana en este extremo meridional de la península, con la llegada masiva de cubanos, que modifican el carácter esencialmente sajón y en el cual muchos negocios no abrían sus puertas sino entre los meses de octubre a mayo. El verano era un tiempo muerto, en el cual las temperaturas extremas alejaban a los parroquianos habituales.

Los venezolanos, que disfrutaban de una economía de alto crecimiento, baja inflación y estabilidad política, comenzaron a hacerse asiduos visitantes de Florida. En 1981, por ejemplo, antes de que se declarara el control de cambios y la devaluación del bolívar, en febrero de 1982, visitaron los Estados unidos unos 530 mil, de los cuales cerca de 450 mil eran turistas. Las cifras descendieron posteriormente, pero se volvieron a elevar en la década de 1990, para alcanzar su nivel más alto en 2001, cuando rozaron los 630 mil admitidos de manera temporal.

En esos momentos los que venían, sobre todo después de que  Walt Disney abrió su parque recreacional en Orlando, regresaban a su país portando las características orejas del Ratón Mickey. En los 70, cuando abundaba la riqueza petrolera,  se hizo famosa la expresión “Ta barato, dame dos”, de centenares de miles de turistas venezolanos que compraban un sinnúmero de artefactos, sin reparar en los precios.

Esa época corresponde también al auge de la compra de viviendas vacacionales en diversas áreas de Miami, sobre todo en Kendall, Brickell Avenue, Pompano Beach y Bonaventure. Algunos cálculos indican que más de 50 mil familias venezolanas compraron apartamentos y otras clases de unidades residenciales en el Sur de Florida, para realizar lo que, en aquellos momentos era el “sueño americano” de una clase media en ascenso, que encontraba los trámites hipotecarios y los precios de la vivienda en aquella Miami de hace casi 40 años, como extremadamente económicos.

Sin embargo, esos compradores nunca pensaron en tener esas viviendas como residencia permanente, sino como segunda, o quizás, tercera vivienda. Miles de familias viajaban en verano y navidad para comprar los vestuarios escolares y los regalos de fin de año. La actividad comercial era floreciente y los grandes contratos de suministro para las obras y empresas que se desarrollaban en Guayana, generaban fuertes corrientes comerciales y pingües ganancias.

El llamado viernes negro produjo un pánico, pues miles de compradores, frenados por los mecanismos de control de cambio, perdieron sus propiedades al no poder pagar oportunamente sus hipotecas. Los años 80 fueron de contracción en Miami, azotada por la llamada crisis de las Entidades de Ahorro y Préstamo. Pero la situación comenzó a mejorar en los 90, aunque la mayoría aplastante de los que llegaban eran distraídos visitantes, muy pocos echaban raíces.

A partir de 1992, año terrible por el ciclón Andrew, que destruyó más de 40 mil viviendas en Miami y por el relativo deterioro de la situación económica y política en Venezuela, comenzó a notarse un incremento paulatino de los que comenzaban a explorar el mercado de trabajo, a instalar empresas y a residenciarse con sus familias en Miami.

En esos años, y los posteriores a la crisis bancaria de 1994-95, comenzaron a cerrarse los horizontes laborales en Venezuela y la emigración hacia Florida se fue incrementando. Las estimaciones me comienzos de los 90 hablaban de que en Miami y sus alrededores vivían permanentemente unos 2 a 3 mil venezolanos.

Para 1998, fecha en la cual, por primera vez, los venezolanos fueron autorizados para votar en el exterior, se llegó a un registro cercano a 3.500 votantes, lo que indica que ya para esa época habría unos 15 mil residentes permanentes.

A partir de entonces se ha visto un proceso progresivo de aumento de los residentes de origen venezolano y ello es posible advertirlo en algunas estadísticas oficiales. Entre 1999 y 2009, último año para el cual se dispone de estadísticas migratorias completas, ingresaron, con estatus de admisión temporal, cerca de 5 millones 400 mil venezolanos, de los cuales, declararon ser turistas 4 millones 800 mil, el remanente ingresó como estudiantes, cerca de 110 mil, con visas de trabajo, cerca de 300 mil  y los restantes se reparten entre empleados de gobierno y funcionarios y categorías indeterminadas.

En estos últimos diez años se ha visto un cambio cuantitativo y cualitativo en la inmigración venezolana, porque anualmente cerca de 35 a 40 mil personas arriban con visas clasificadas como de trabajo, lo que indica que tienen un contrato laboral vigente y unos 10 mil anuales llegan a estudiar. Las cifras existentes indican que un poco más de la mitad de esos residentes están en Florida, repartidos fundamentalmente en Miami, Orlando y Tampa.

Se sabe que hay un número indeterminado de personas que permanecen en el país, aunque no tienen una documentación adecuada, pero es muy difícil precisar su número. En todo caso, un dato bien contundente es que, entre los años 2000 y 2010 han adquirido su residencia permanente cerca de 90 mil personas, de las cuales, como ya se ha dicho, cerca de 50 mil se encuentran en Florida.

Otro elemento importante es que el mismo período 2000-2010, unas 40 mil personas han adquirido la nacionalidad estadounidense, mostrando una tendencia rápidamente creciente. Mientras  a finales de los 90 las estadísticas de nacionalizados se contabilizaban por cientos anuales, en los últimos dos años se han visto entre 5.500 y 6.500 por año, lo que indica una clara y rápida tendencia expansiva.

La conclusión a la que podemos llegar es que estamos ante la creación de una comunidad nacional permanente que podría seguir el camino de algunas otras que han echado raíces en este estado. Ello se evidencia en el creciente número de negocios que se abren, en la aparición de venezolanos como candidatos en elecciones locales de algunas de las ciudades donde su presencia es más evidente y en la proliferación de nombres e imágenes familiares para nuestra gente, en la prensa, radio y televisión locales.  

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