Blue Star Foods, el ojo en el medio ambiente

El termostato dentro del almacén de 17,000 pies cuadrados de John Keeler en el Doral está puesto a 32 grados Fahrenheit. Estanterías repletas de cajas de cangrejo azul asiático importado se alzan hasta el techo, de 25 pies de altura. Los trabajadores llevan gruesas chaquetas, guantes, incluso sobretodos para protegerse del tremendo frío que puede acabar rápidamente con los menos preparados.

Pero no Keeler. Él se pasea por el almacén en una camisa de vestir, indiferente al aire helado. Dieciséis años después de fundar una de las principales compañías de importación de cangrejos del país, con ventas anuales de $50 millones, él parece haberse vuelto inmune.  

Al menos en apariencia. Pero su exposición a temperaturas extremas- unos 85 grados afuera, siempre 32 adentro- y el constante esfuerzo por mantenerla le ha hecho volverse muy alerta de la fragilidad del medio ambiente. Para que su negocio sobreviva, Keeler sabe que tiene que buscar una forma de sustentarlo. Lo cual ha llevado al venezolano de 40 años a una ética “verde” que no suele relacionarse con procesadores de alimentos.  

“Yo vi con mis propios ojos la extinción en el Lago Maracaibo (en Venezuela) de una industria de carne de cangrejo de 30 años”, dijo. “Yo sabía que eso acabaría pasando en Asia”.

   De modo que, para mantener funcionando sus 14 plantas de procesamiento en cinco países del Asia, y para mantener sus envíos a Estados Unidos, México y Europa, donde los cangrejos se distribuyen a restaurantes y tiendas al por menor que incluyen a Costco, Wal-Mart y Target, Keeler se ha dedicado a una amplia agenda de iniciativas en pro de la tierra.

Él gastó más de $1 millón desarrollando y patentando bolsas medioambientales para reemplazar las nocivas latas. Él está tratando de conseguir una certificación LEED para su edificio del Doral e instalar un descongelador costoso pero más eficiente. Y, lo más importante, él y 10 de los principales importadores del país acordaron en el 2009 rehabilitar la pesca en Indonesia y Filipinas- las dos principales abastecedoras del cangrejo azul- y otros países del Asia donde la población de los crustáceos está comenzando a disminuir debido a la pesca excesiva y la pérdida de su hábitat.

Keeler y sus colegas admiten francamente que estas medidas se proponen tanto proteger sus negocios como el medioambiente. Las importaciones de EEUU del cangrejo azul de Indonesia, Filipinas y Tailandia aumentaron de apenas 9.2 millones de libras en 1994 a 27.2 millones en 1999. Para el 2007, la cantidad importada de todos los países asiáticos había llegado a más de 50 millones de libras.

Pero en el 2009, el último año para el cual había cifras disponibles, la cifra bajó drásticamente a 33.6 millones de libras, por un valor que se calcula en aproximadamente $206 millones.

Los importadores se dieron cuenta de que se acercaba lo inevitable.

“Varias compañías (de importación) se originaron en el área de la Bahía de Chesapeake cuando abundaban los cangrejos azules, y ahora esas compañías dependen completamente de las importaciones debido al impacto del exceso de pesca y recogida que, al final, fue muy dañino”, dijo Gavin Gibbons, portavoz del Instituto Nacional de la Pesca, el gremio de la industria. “Las compañías dijeron que no quieren que lo que pasó en la Bahía de Chesapeake ocurra en ninguna otra parte”.

Para Keeler, la explosión de las importaciones de cangrejos azules a los mercados de Estados Unidos fue un golpe de suerte.

Mientras cursaba estudios universitarios en Rutgers, él trabajaba para su padre importando cangrejos de Venezuela. Pero cuando se graduó en 1994, su padre le dijo: “Arréglatelas como puedas”, dijo Keeler. “Él me dijo exactamente: Yo voy a concentrarme en México. Muchas gracias por tu ayuda”.

Keeler, quien se había mudado a un townhouse en Kendall, convenció a dos hermanos que habían trabajado con su padre que le adelantaran $14,000 en cangrejos. Ellos le dieron 14 días para pagarles.

“Yo regresé en 11”, dijo. “Yo sabía lo que yo quería hacer. Yo quería conquistar el mundo”.

Pero cuando los suministros venezolanos empezaron a escasear, empezó a buscar y descubrió que Asia se había convertido rápidamente en la fuente para reemplazar la pérdida del cangrejo en el área doméstica y alimentar un creciente apetito estadounidense.

El rápido crecimiento del negocio casi se vio interrumpido cuando los cangrejeros domésticos empezaron a objetar y trataron de persuadir a la administración de Clinton de que impusiera restricciones a la importación para darles una oportunidad de recuperarse de la aniquilación de la Bahía de Chesapeake, de la cual la Administración Nacional del Océano y la Atmósfera reporta que sufrió una disminución en valor del 41 por ciento a partir de finales de la década de 1990.

El grupo contrató a una firma legal de Washington, pero encontraron un enemigo inesperado: Phillips Foods, una de las compañías cangrejeras más antiguas del país,  fundada en 1914 en Maryland. Phillips, ahora la mayor importadora de cangrejos y una de las fundadoras de la iniciativa asiática, persuadió a la administración a que permitiera la importación sin obstáculos, un paso crítico, en julio del 2000.

El negocio de Keeler floreció. La oficina de 700 pies cuadrados que él abrió en 1997 fue reemplazada por un almacén de 5,000 pies cuadrados en Hialeah. En el 2000, el tamaño de su empresa casi se triplicó y se mudó a su ubicación del Doral, que se le quedó pequeña en dos años, lo cual lo obligó a abrir almacenes satélites por todo el país.

En la actualidad, él importa un promedio de 7 millones de libras de cangrejos azules al año. (De hecho, la cantidad de cangrejos importados que se consume en EEUU ha aumentado de sólo 24% en 1995 a 76%, según el Servicio Nacional de Pesca Marina.)

“En 1995 yo podía hacer un envío a Hawai cada tres o cuatro meses y cruzar los dedos y rezar para que se vendiera. Ahora hacemos envíos todas las semanas.  Y a Canadá también”, dijo.

 
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